​Andrés Eloy Blanco

​Andrés Eloy Blanco

La voz del sentimiento venezolano
​Si existiera un ADN de la identidad venezolana hecho de rimas y convicción política, ese sería Andrés Eloy Blanco. Nacido en la calurosa Cumaná el 6 de agosto de 1896, no fue solo un escritor de versos bonitos; fue el cronista emocional de un país que intentaba despertar a la modernidad.

​El intelecto tras las rejas
​A diferencia de muchos intelectuales de su época, Andrés Eloy no se quedó en la torre de marfil. Su oposición a la dictadura de Juan Vicente Gómez le costó la libertad. Fue en las oscuras celdas del Castillo Libertador de Puerto Cabello y en las carreteras de las «colonias» donde su poesía maduró. Allí, entre grillos y cadenas, entendió que el arte debía servir para algo más que el deleite: debía ser una herramienta de justicia.

​»Píntame angelitos negros»: Un grito de igualdad
​Su obra más famosa, Angelitos Negros, no es solo un poema; es un manifiesto social contra el racismo y la exclusión, que luego daría la vuelta al mundo convertido en bolero. Andrés Eloy tuvo la capacidad única de elevar el habla popular al rango de literatura universal, mezclando el humor, la ironía y una ternura infinita por los desposeídos.

​El político de la «Cívica»
​Tras la muerte de Gómez, su vida tomó un giro hacia la acción directa. Fue:

  • ​Fundador de partidos: Pieza clave en la creación de Acción Democrática.
  • ​Presidente de la Asamblea Constituyente (1946): Donde ayudó a redactar una de las constituciones más progresistas de la historia venezolana.
  • ​Canciller de la República: Representando a Venezuela con una elocuencia que aún se recuerda en los foros internacionales.

​El exilio y el adiós
​El golpe militar de 1948 lo empujó al exilio en México. Lejos de su tierra, pero nunca distanciado de su esencia, murió en un accidente automovilístico en Ciudad de México el 21 de mayo de 1955. Se fue el hombre, pero quedó el mito: el poeta que enseñó a los venezolanos que se puede ser político sin dejar de ser humano, y artista sin dejar de ser pueblo.

A un año de tu ausencia

​Cuando tú te pongas vieja,
cuando yo me ponga viejo,
nos quedarán las manos
y nos quedará el silencio.

​Cuando tú te pongas vieja,
cuando yo me ponga viejo,
nos quedará el suspiro
de lo que no nos dijimos.

​Y nos quedará la tarde,
y nos quedará el lucero,
y nos quedará la sombra,
y nos quedará el recuerdo.

​Cuando tú te pongas vieja,
cuando yo me ponga viejo,
seremos como dos niños
que se cuentan un secreto.

​Cuando tú te pongas vieja,
cuando yo me ponga viejo,
nos miraremos la cara
y nos veremos el cielo.

​Cuando tú te pongas vieja,
cuando yo me ponga viejo,
nos quedarán las manos
y nos quedará el silencio.

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