**SILVIA GUERRA (Enviada especial a Teherán) / loshechosempresariales.org**
En Irán, el nuevo año comienza con oración. Hombres y mujeres, separados y bajo estrictas medidas de seguridad, se reúnen en la explanada de la Gran Mezquita de Mosalá, en Teherán. Desde temprano, el lugar se llena de devotos. «Asistir es tanto un deber religioso como político. En estos tiempos, ambas cosas son inseparables», se escucha entre los participantes.
Muchos de ellos están decididos a transmitir su mensaje: «Que todos vean este cartel que dice que Trump no puede hacernos daño». «Trump, te destruiremos», gritan algunos. Es común ver a niños en Irán expresando sus opiniones políticas en televisión, al igual que los adultos. «Dejo mi mensaje aquí: Trump, te destruiremos», repiten con firmeza.
«Esto es la República Islámica de Irán. Aquí no hay Inteligencia Artificial. Somos reales», afirman con convicción. Y efectivamente, su presencia es palpable, y su fe en la fortaleza de Irán y su eventual victoria es inquebrantable.
Sin embargo, el líder supremo, Mojtaba Jameneí, aún no ha sido visto ni escuchado. A diferencia de su predecesor, que siempre dirigió la oración del primer día del año persa en esta mezquita, el nuevo ayatolá lleva apenas dos semanas en el cargo y su presencia sigue ausente.
Irán da la bienvenida al nuevo año persa en medio de un ambiente de tensión y conflicto.
