En febrero de 1962, España hizo su primera solicitud para negociar su vinculación con la Comunidad Económica Europea mediante una carta enviada por el entonces ministro de Asuntos Exteriores, Fernando María Castiella. En este documento, España demandaba una asociación que pudiera «llegar en su momento a la plena integración». No obstante, la doctrina comunitaria, conocida como el informe Birklebach, impedía la inclusión de cualquier país que no fuera una democracia. Según Antonio Moreno, catedrático y director del Departamento de Historia Moderna y Contemporánea en la Universidad Complutense de Madrid, el principal obstáculo era «la naturaleza del régimen». Así, España quedó excluida del club comunitario, aunque en 1970 firmó un Acuerdo Comercial Preferencial con la Comisión Económica Europea. Durante esos años, el crecimiento del turismo y las inversiones europeas en España se intensificaron, reflejando un acercamiento al continente que se hizo cada vez más evidente en la sociedad española.
**Europa, la meta democrática tras la dictadura franquista**
El deterioro de la salud de Franco llevó a las capitales europeas a prepararse para el futuro post-franquista. Antonio Moreno explica que, a partir de 1974, las cancillerías europeas comenzaron a contemplar una España dentro de las instituciones europeas tras un proceso de democratización. Los últimos actos represivos del régimen, culminando en las ejecuciones de septiembre de 1975, provocaron un breve aislamiento diplomático de España, que se transformó tras la muerte de Franco el 20 de noviembre, abriendo así la puerta hacia Europa.
**Un europeísmo casi unánime**
La idea de Ortega y Gasset de que «España es el problema y Europa es la solución» se había arraigado en la sociedad española. Los años previos a la muerte de Franco contribuyeron a solidificar una visión optimista del proyecto europeo como un vehículo de modernización frente a lo que faltaba en España durante la dictadura. “Europa como necesidad. Europa como esperanza. Europa como solución. En España había un consenso sin debate, aunque no todos los partidos políticos interpretaran Europa de la misma manera”, señala Antonio Moreno. A pesar de las diferencias, el impulso hacia la adhesión europea encontró apoyo tanto en partidos nacionalistas como en el Partido Comunista. Este casi unánime europeísmo se reflejó en el discurso del rey Juan Carlos ante las Cortes el 22 de noviembre de 1975: “Europa deberá contar con España. Los españoles somos europeos”, una clara declaración de intenciones. Europa, además, actuó como un espejo y un muro de contención. Ignacio Molina, investigador en el Real Instituto Elcano y profesor en la Universidad Autónoma de Madrid, señala que “la idea del anclaje europeo funcionaba para los dos extremos. Europa transmitía tranquilidad. Esto permitió que muchos sectores conservadores aceptaran la democracia, mientras que, para la izquierda, no significaba un peligro para la economía de mercado ni el derecho a la propiedad”.
**Europa tendió la mano, pero también hubo obstáculos**
A finales de la década de los setenta, las capitales comunitarias eran conscientes de que el papel de Europa como impulsor de la democratización y de la adhesión al club comunitario había sido crucial para España, Portugal y Grecia. Sin embargo, la actitud hacia estos tres países variaba. España, siendo el más grande y poblado, era el candidato más complicado de aceptar, y pronto se hizo evidente que no todas las capitales estarían igualmente dispuestas a apoyarla. Ignacio Molina explica que “Alemania mostraba una actitud favorable, pero Francia comenzaba a plantear objeciones, especialmente en relación a su sector agrario”. Sin embargo, desde el principio, España dejó claro que su prioridad política era ingresar en la Comunidad Política Europea. Tras las primeras elecciones democráticas en 1977, el primer Consejo de Ministros presidido por Adolfo Suárez, el 22 de julio, acordó solicitar formalmente la incorporación de España. A diferencia de la carta de 1962, esta solicitud recibió una respuesta positiva. Aunque el proceso no fue sencillo, ocho años después, España firmó el acta de adhesión.
