JORGE TEILLIER SANDOVAL

JORGE TEILLIER SANDOVAL

DESPEDIDA
Me despido de mi mano
que pudo mostrar el rayo
o la quietud de las piedras
bajo las nieves de antaño.
Para que vuelvan a ser bosques y arenas
me despido del papel blanco y de la tinta azul
de donde surgían ríos perezosos,
cerdos en las calles, molinos vacíos.
Me despido de los amigos
en quienes más he confiado:
los conejos y las polillas,
las nubes harapientas del verano,
mi sombra que solía hablarme en voz baja.
Me despido de las virtudes y de las gracias del planeta:
los fracasados, las cajas de música,
los murciélagos que al atardecer se deshojan
de los bosques de casas de madera.
Me despido de los amigos silenciosos
a los que sólo les importa saber
dónde se puede beber algo de vino
y para los cuales todos los días
no son sino un pretexto
para entonar canciones pasadas de moda.
Me despido de una muchacha
que sin preguntarme si la amaba o no la amaba
caminó conmigo y se acostó conmigo
cualquiera tarde de esas en que las calles se llenan
de humaredas de hojas quemándose en las acequias-
Me despido de una muchacha
cuyo rostro suelo ver en sueños
iluminado por la triste mirada
de trenes que parten bajo la lluvia.
Me despido de la memoria
y me despido de la nostalgia
–la sal y el agua
de mis días sin objeto–
y me despido de estos poemas:
palabras, palabras –un poco de aire
movido por los labios– palabras
para ocultar quizás lo único verdadero:
que respiramos y dejamos de respirar.

El Cantor de lo Perdido y lo Profundo (1935-1996) no fue un poeta más; fue la voz que se alzó desde el sur de Chile para tejer una urdimbre lírica única, anclada en la memoria, el paisaje ancestral y la melancolía de lo irrecuperable. Considerado el faro de la «poesía lárica» y figura clave de la generación literaria de 1950, su obra es un viaje constante hacia los lares de la infancia y los ecos de un «País de Nunca Jamás».
Nacido en Lautaro en 1935, Teillier llevó en su sangre no solo las raíces chilenas, sino también la herencia francesa que tiñó su particular mirada. Su formación como historiador y geógrafo en la Universidad de Chile, y su labor como director de revistas como Orfeo, forjaron una mente capaz de observar el mundo con una profundidad que trascendía lo evidente.
Lo que distingue a Teillier es su capacidad de encontrar lo extraordinario en lo cotidiano, de elevar lo simple a la categoría de lo místico. Sus versos no buscan el artificio, sino la esencia pura de una vida ligada a la tierra, a los mitos familiares y a la sabiduría de los pueblos originarios. Es el poeta de los trenes que silban en la noche, de los molinos olvidados y de los árboles que custodian secretos. Su estilo, a la vez singular y sencillo, invita al lector a transitar por paisajes oníricos donde el pasado y el presente se entrelazan.
Entre las estaciones de su vasta obra, destacan títulos que son verdaderas gemas: desde los tempranos Para ángeles y gorriones (1956) y El cielo cae con las hojas (1958), hasta los evocadores Muertes y maravillas (1971) y Para un pueblo fantasma (1978). Sus últimos poemarios, como El molino y la higuera (1994) y Hotel Nube (1996), confirman la madurez de una voz que nunca dejó de explorar los laberintos del alma.
Reconocido con el Premio Gabriela Mistral (1962) y el Premio Eduardo Anguita (1993), la obra de Teillier ha trascendido fronteras, siendo traducida a múltiples idiomas. Su partida en 1996 dejó un vacío en la poesía chilena, pero su legado perdura, invitándonos a volver una y otra vez a esos paisajes de la memoria donde reside la verdadera esencia de su arte.

1 comentario en «JORGE TEILLIER SANDOVAL»

  1. Hola muy buenas noches me gustaría participar en el poemario, si fuera posible . Gracias

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