Julián del Casal y de la Lastra

Julián del Casal y de la Lastra

Nace en La Habana el 7 de noviembre de 1863 fue un intelectual, poeta y periodista cubano, reconocido como uno de los máximos exponentes y pioneros del Modernismo hispanoamericano. Su obra se caracteriza por una profunda melancolía y pesimismo estético, y estuvo notablemente influenciada por la literatura francesa finisecular, especialmente el Parnasianismo y el Simbolismo.
​Casal tuvo una vida marcada por la tristeza desde una edad temprana, la cual se acentuó con la muerte de su madre en 1868. Realizó sus primeros estudios en el Real Colegio de Belén. Inició la carrera de Leyes en la Universidad de La Habana, pero tuvo que abandonarla debido a la falta de recursos económicos, decidiendo dedicarse por completo a la vocación literaria. A pesar de un aislamiento personal, mantuvo una activa correspondencia y amistad con otros poetas de la época como Rubén Darío.
​El poeta habanero colaboró con importantes publicaciones cubanas y extranjeras, a menudo utilizando seudónimos como Alceste, Hernani, y El Conde de Camors. Su poesía se distingue por una extraordinaria sensibilidad, la búsqueda de la belleza, la atención a la estética y el uso de un lenguaje poético y simbolista que exploró temas de melancolía, decadencia y erotismo.
​Sus obras principales son: Hojas al viento (1890), su primer poemario; Nieve (1892), que ya muestra una marcada inclinación parnasiana; y Bustos y Rimas (1893), publicado póstumamente, considerado su trabajo más personal y una clave para entender su estética modernista.

​La vida de Julián del Casal fue trágicamente breve. Falleció súbitamente en La Habana la noche del 21 de octubre de 1893, a la edad de 29 años. El deceso ocurrió mientras cenaba con amigos; un ataque de risa, al parecer, le causó la rotura de un aneurisma y una hemorragia mortal. Su muerte prematura consolidó su figura como un poeta fundamental e imprescindible para comprender el nacimiento y la evolución del modernismo en español.

Tardes de lluvia
Bate la lluvia la vidriera
Y las rejas de los balcones,
Donde tupida enredadera
Cuelga sus floridos festones.

Bajo las hojas de los álamos
Que estremecen los vientos frescos,
Piar se escucha entre sus tálamos
A los gorriones picarescos.

Abrillántanse los laureles,
Y en la arena de los jardines
Sangran corolas de claveles,
Nievan pétalos de jazmines.

Al último fulgor del día
Que aún el espacio gris clarea,
Abre su botón la peonía,
Cierra su cáliz la ninfea.

Cual los esquifes en la rada
Y reprimiendo sus arranques,
Duermen los cisnes en bandada
A la margen de los estanques.

Parpadean las rojas llamas
De los faroles encendidos,
Y se difunden por las ramas
Acres olores de los nidos.

Lejos convoca la campana,
Dando sus toques funerales,
A que levante el alma humana
Las oraciones vesperales.

Todo parece que agoniza
Y que se envuelve lo creado
En un sudario de ceniza
Por la llovizna adiamantado.

Yo creo oír lejanas voces
Que, surgiendo de lo infinito,
Inícianme en extraños goces
Fuera del mundo en que me agito.

Veo pupilas que en las brumas
Dirígeme tiernas miradas,
Como si de mis ansias sumas
Ya se encontrasen apiadadas.

Y, a la muerte de estos crepúsculos,
Siento, sumido en mortal calma,
Vagos dolores en los músculos,
Hondas tristezas en el alma.

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