Manuel José Othón

Manuel José Othón: El Poeta del Paisaje y el Alma Mexicana

Himno de los bosques (Fragmentos)

I

En este sosegado apartamiento

lejos de cortesanas ambiciones,

libre curso dejando al pensamiento,

quiero escuchar suspiros y canciones.

¡El himno de los bosques! Lo acompaña

con su apacible susurrar el viento,

el coro de las aves con su acento,

con su rumor eterno la montaña.

El torrente caudal se precipita

a la honda sima, con furor azota

las piedras de su lecho, y la infinita

estrofa ardiente de los antros brota.

¡Del gigante salterio en cada nota

el salmo inmenso del amor palpita!

II

Huyendo por la selva presurosos

se pierden de la noche los rumores;

los mochuelos ocúltanse medrosos

en las ruinas, y exhalan los alcores

sus primeros alientos deleitosos.

Abandona mis párpados el sueño,

la llanura despierta alborozada:

con su semblante pálido y risueño,

la vino a despertar la madrugada.

Del oriente los blancos resplandores

a aparecer comienzan; la cañada

suspira vagamente, el sauce llora

cabe la fresca orilla del riachuelo,

y la alondra gentil levanta al cielo

un preludio del himno de la aurora.

La bandada de pájaros canora

sus trinos une al murmurar del río;

gime el follaje temblador, colora,

y a lo lejos blanquea el caserío.

Y va creciendo el resplandor y crece

el concierto a la vez. Ya los rumores

y los rayos de luz hinchen el viento,

hacen temblar el éter, y parece

que en explosión de notas y colores

va a inundar a la tierra el firmamento.

III

Allá, tras las montañas orientales,

surge de pronto el sol, como una roja

llamarada de incendios colosales,

y sobre los abruptos peñascales

ríos de lava incandescente arroja.

Entonces, de los flancos de la sierra

bañada en luz, del robledal oscuro,

del espantoso acantilado muro

que el paso estrecho a la hondonada cierra;

de los profundos valles de los lagos

azules y lejanos que se mecen

blandamente del aura a los halagos,

y de los matorrales que estremecen

los vientos, de las flores, de los nidos,

de todo lo que tiembla o lo que canta,

una voz poderosa se levanta

de arpegios y sollozos y gemidos.

Mugen los bueyes que a los pastos llevan

silbando los vaqueros, mansamente

y perezosos van, y los abrevan

en el remanso de la azul corriente.

Y mientras de las cabras el ganado

remonta, despuntando los gramales,

torpes en el andar, los recentales

se quejan blanda y amorosamente

con un tierno balido entrecortado.

Abajo, entre la malla de raíces

que el tronco de las ceibas ha formado,

grita el papán y se oye en el sembrado

cuchichiar a las tímidas perdices.

Mezcla aquí sus ruidos y sus sones

todo lo que voz tiene: la corteza

que hincha la savia ya, crepitaciones,

su rumor misterioso la maleza

y el clarín de la selva sus canciones.

Y a lo lejos, muy lejos, cuando el viento,

que los maizales apacible orea,

sopla del septentrión, se oye el acento

y algazara que, locas de contento,

forman las campanitas de la aldea….

¡Es que también se alegra y alboroza

el viejo campanario! La mañana

con húmedas caricias lo remoza:

sostiene con amor la cruz cristiana

sobre su humilde cúpula; su velo,

para cubrirlo, tienden las neblinas,

como cendales que le presta el cielo

y en torno de la cruz las golondrinas

cantan, girando en caprichoso

Manuel José Othón (1858-1906)

Fue una figura poética clave de México, forjó su obra en el crisol de dos épocas literarias: el Romanticismo tardío y el incipiente Modernismo. Nacido en San Luis Potosí, Othón es celebrado por su habilidad inigualable para entrelazar la majestuosidad de la naturaleza con la profundidad de la experiencia humana.

Su poesía es un tapiz vívido de la geografía mexicana. Desde las cumbres de las montañas hasta la inmensidad del desierto y la quietud de los cielos nocturnos, los paisajes de su tierra natal no son meros fondos, sino personajes activos que resuenan con temas de existencia, soledad y la efímera naturaleza del tiempo. Si bien su lirismo y la expresión de sus emociones conectan con la vena romántica, Othón también mostró una marcada inclinación por la precisión formal y un lenguaje refinado, rasgos que lo alinean con la sensibilidad modernista.

Un testimonio elocuente de su genio es el poema dramático «Poema de los cerros». En esta obra cumbre, la naturaleza trasciende su rol de escenario para convertirse en un espejo del alma, reflejando pasiones y tormentos internos con una fuerza lírica inigualable.

A pesar de su partida temprana, Manuel José Othón dejó una huella indeleble en la literatura mexicana. Su legado no solo inmortalizó la belleza natural de su país, sino que también exploró las complejidades del espíritu humano, asegurando su lugar como una voz distintiva y esencial en la transición literaria de México a fines del siglo XIX.

Deja un comentario