Cuando de nuestro amor la llama apasionada,
dentro de tu pecho amante contemples extinguida,
ya que sólo por ti la vida me es amada,
el día en que me faltes me arrancaré la vida.
Porque mi pensamiento lleno de este cariño,
que en una hora feliz me hiciera esclavo tuyo,
lejos de tus pupilas es triste como un niño,
que se duerme soñando en tu acento de arrullo.
Para envolverte en besos quisiera ser el viento,
y quisiera ser todo lo que tu mano toca;
ser tu sonrisa, ser hasta tu mismo aliento,
para poder estar más cerca de tu boca.
Vivo de tu palabra y eternamente espero,
llamarte mía como quien espera un tesoro.
Lejos de ti comprendo lo mucho que te quiero,
y besando tus cartas ingenuamente lloro.
Perdona que no tenga palabras con que pueda,
decirte la inefable pasión que me devora;
para expresar mi amor solamente me queda,
rasgarme el pecho, Amada, y en tus manos de seda,
dejar mi palpitante corazón que te adora.
Nacido en la ciudad costera de Guayaquil el 8 de junio de 1898, Medardo Ángel Silva emergió en el panorama literario como un meteoro fulgurante, dejando tras de sí una estela de belleza sombría y melancólica. Su vida, trágicamente breve, abarcó apenas 21 años y dos días, concluyendo abruptamente el 10 de junio de 1919. Pese a esta efímera existencia, su obra lírica fue lo suficientemente poderosa para anclarlo en la historia como el máximo exponente del Modernismo en Ecuador y una figura central dentro del grupo conocido póstumamente como la «Generación Decapitada».
La formación del joven Silva estuvo marcada por la adversidad y la autodidaxia febril. Tras el fallecimiento de su padre, se vio obligado a abandonar sus estudios formales en el Colegio Nacional Vicente Rocafuerte. Lejos de detener su desarrollo intelectual, esta interrupción lo empujó a una vorágine de lecturas intensivas. Absorbió con avidez la cultura clásica y contemporánea, revelándose como un intelectual precoz y polifacético que dominaba la composición musical, el periodismo incisivo y la creación poética.
Su carrera literaria comenzó a muy temprana edad, demostrando una madurez estilística inusual. Colaboró activamente en prestigiosas publicaciones de Guayaquil y Quito, incluyendo revistas y diarios como Ilustración, Patria y El Telégrafo. En estos espacios, no solo ejercía como crítico y ensayista, sino que también ocultaba su identidad tras los sugerentes seudónimos de Jean D’Agreve y Oscar René, indicando una fascinación por la estética francesa y un deseo de evasión de su realidad modesta.
Desde una perspectiva estética, Silva se situó en la encrucijada del Modernismo, un movimiento en su fase de agotamiento y renovación. Su poesía no solo bebió de las fuentes hispanoamericanas clásicas de Rubén Darío y el profundo sentimentalismo de Amado Nervo, sino que se enriqueció con las corrientes europeas. Fue un devoto lector de los simbolistas y parnasianos franceses, como Paul Verlaine y Arthur Rimbaud, cuya influencia dotó a sus versos de una musicalidad sutil, un léxico exquisito y una profunda carga de hastío existencial y spleen.
La cúspide de su producción poética se plasmó en su única colección publicada en vida, «El árbol del bien y del mal» (1918). Esta obra es un testamento de su espíritu hipersensible, un espejo de la melancolía generacional y el pesimismo que definía a los artistas de su época. Los temas recurrentes eran el amor imposible, la inevitabilidad de la muerte, la decadencia del cuerpo y el alma, y el anhelo de una belleza pura e inalcanzable. Poemas icónicos como Aniversario o El alma en los labios (este último inmortalizado en la música popular) sellaron su destino como voz de la desesperación elegante.
La vida de Silva se cerró en un acto de drama y misterio que cimentó su leyenda. El 10 de junio de 1919, el poeta falleció en circunstancias confusas en la casa de su novia, Rosa Amada Villegas. Aunque el registro oficial dictaminó el suicidio mediante un disparo, la naturaleza enigmática del evento y la falta de claridad en los detalles han alimentado persistentemente la especulación y la mitificación, transformando su muerte en un mito trágico de la literatura ecuatoriana, un final perfectamente simétrico con la sombría belleza que caracterizó toda su obra.
