Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto, mejor conocido como Pablo Neruda, fue una figura central de la literatura chilena y mundial. Nacido en Parral en 1904, su vocación literaria se manifestó a una edad muy temprana. Aunque se mudó a Santiago para estudiar francés, fue la poesía la que capturó su atención por completo.
A los 20 años, su nombre ya sonaba con fuerza tras la publicación de dos obras clave en 1924: Crepusculario y, sobre todo, Veinte poemas de amor y una canción desesperada. Esta última obra lo catapultó a la fama, marcando el inicio de una prolífica carrera que abarcó desde el amor romántico hasta el activismo político.
A lo largo de su vida, Neruda se desempeñó como diplomático en varios países, como España y México. También fue un ferviente miembro del Partido Comunista de Chile, lo que le valió persecuciones y exilios. Su compromiso político y literario fue reconocido a nivel mundial, culminando con la obtención del Premio Nobel de Literatura en 1971.
Neruda murió en 1973, poco después del golpe de Estado en Chile, dejando un legado poético incalculable.
La obra que lo definió: «Veinte poemas de amor y una canción desesperada»
Considerado el trabajo más icónico de Neruda, este poemario de 1924 es un testimonio de la madurez artística del poeta a sus 20 años. La colección, compuesta por 20 poemas de amor y un epílogo titulado «La canción desesperada», explora las complejidades del amor, la nostalgia y la tristeza.
A través de un lenguaje simple pero profundamente emotivo, Neruda utiliza la naturaleza como telón de fondo para sus metáforas, que conectan con la experiencia universal del desamor. El Poema 20 es un claro ejemplo de esto, con su famosa línea inicial: «Puedo escribir los versos más tristes esta noche.»
La popularidad de esta obra perdura hasta hoy, convirtiéndola en una de las colecciones de poesía más vendidas en español y un referente indiscutible de la poesía romántica.
»Poema 20″
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Escribir, por ejemplo: «La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos.»
El viento de la noche gira en el cielo y canta.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.
En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.
Ella me quiso, a veces yo también la quería.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.
Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.
Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.
La noche está estrellada y ella no está conmigo.
Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
Mi alma no se contenta con haberla perdido.
Como para acercarla mi mirada la busca.
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.
La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.
Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.
De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.
Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.
Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos,
mi alma no se contenta con haberla perdido.
Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.
