La nación africana de Sudán ha alcanzado un hito sombrío que pocos habrían querido presagiar. Lo que comenzó como una lucha de poder interna entre facciones militares se ha transformado en la mayor crisis de desplazamiento humano del siglo XXI. El conflicto, que enfrenta a las Fuerzas Armadas de Sudán (SAF), dirigidas por el general Abdel Fattah al-Burhan, contra las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF), lideradas por Mohamed Hamdan Dagalo, conocido como «Hemedti», ha dejado de ser una simple pugna política para convertirse en una catástrofe humanitaria de proporciones bíblicas.
El origen de la fractura militar
Para entender la magnitud del desastre, es necesario retroceder a la génesis de la alianza que hoy se desangra. Al-Burhan y Hemedti fueron, en su momento, socios de conveniencia que unieron fuerzas para derrocar al dictador Omar al-Bashir en 2019 y, posteriormente, para descarrilar la transición democrática mediante un golpe de Estado en 2021. Sin embargo, la integración de las RSF —un grupo paramilitar con raíces en las temidas milicias Janjaweed de Darfur— dentro de la estructura del ejército regular se convirtió en el punto de no retorno.
La falta de acuerdo sobre los plazos de esta integración y sobre quién ostentaría el mando supremo desencadenó los primeros disparos. Lo que ambas partes calcularon como una victoria rápida se ha estancado en una guerra de desgaste que ha destruido la infraestructura crítica del país, desde hospitales hasta redes de suministro de agua y electricidad.
Una crisis humanitaria sin precedentes
Las cifras que emanan de las organizaciones internacionales son aterradoras. Se estima que más de 14 millones de personas han sido forzadas a abandonar sus hogares. Sudán es hoy el país con la mayor población de desplazados internos del planeta. Los campos de refugiados en países vecinos como Chad, Sudán del Sur y Egipto están desbordados, operando en condiciones que desafían cualquier estándar de dignidad humana.
El hambre se ha convertido en un arma de guerra. Con las rutas de comercio bloqueadas y los campos de cultivo transformados en campos de batalla, más de 25 millones de sudaneses sufren de inseguridad alimentaria aguda. Informes recientes sugieren que zonas enteras de Jartum y de la región de Darfur están al borde de la hambruna oficial, un término que la comunidad internacional se resiste a usar por las implicaciones legales y logísticas que conlleva, pero que la realidad sobre el terreno grita con fuerza.
El eco de las atrocidades en Darfur
La región de Darfur, ya castigada por genocidios en décadas pasadas, vuelve a ser el epicentro de reportes sobre limpieza étnica. Organizaciones de derechos humanos han documentado ejecuciones sumarias, violencia sexual sistemática y la destrucción total de aldeas basadas en la pertenencia étnica. Las RSF y sus milicias aliadas han sido señaladas como las principales responsables de estos abusos, reviviendo los fantasmas del pasado que la Corte Penal Internacional intentó exorcizar sin éxito.
A pesar de la gravedad de estos crímenes, la atención mediática global parece estar hipnotizada por otros conflictos en Europa o el Medio Oriente, dejando a Sudán en lo que muchos diplomáticos llaman «la guerra olvidada». Esta falta de presión internacional ha permitido que potencias regionales sigan suministrando armas a ambos bandos, prolongando la agonía de la población civil.
El estancamiento diplomático y el futuro incierto
Los intentos de mediación, liderados en diversas etapas por Estados Unidos, Arabia Saudita y la Unión Africana, han fracasado sistemáticamente. Los ceses al fuego acordados en mesas de negociación internacionales rara vez se han respetado por más de unas pocas horas en las calles de Jartum o El Fasher. La falta de una voluntad política real por parte de los dos generales en disputa sugiere que ambos creen todavía en la posibilidad de una victoria militar total, una quimera que solo garantiza más derramamiento de sangre.
La reconstrucción de Sudán, si es que alguna vez llega la paz, tomará décadas. El sistema educativo ha colapsado, una generación entera de niños está creciendo sin escolarización y el tejido social se ha fragmentado de tal manera que la convivencia entre las diversas etnias del país parece hoy un objetivo inalcanzable. Sudán no solo lucha por su estabilidad, sino por su propia existencia como Estado soberano.
