Cuando Israel y EE.UU. lanzan ataques contra Irán con el objetivo de frenar su desarrollo de armas nucleares, surgen en el trasfondo otros intereses que no son meramente estratégicos. Entre ellos, los intereses electorales destacan, ya que ambos países se preparan para elecciones en otoño, además de un deseo implícito de provocar un cambio de régimen en Teherán. Desde la caída del Sha en 1979, el Gobierno de la República Islámica ha sido percibido como una amenaza constante por parte de ambos actores.
Las afirmaciones de oficiales israelíes indican que tanto el líder supremo, el ayatolá Alí Jamenei, como el presidente Masoud Pezeshkian, estaban en la mira de los ataques. Según fuentes diplomáticas iraníes, Jamenei no se encontraba en su residencia en el momento del bombardeo y hay indicios de que planea dirigirse a la nación en un futuro cercano. A pesar de la intención de eliminar a estos líderes, expertos como Moisés Garduño advierten que el régimen iraní es un sistema mucho más complejo que sus figuras visibles, y su red de poder se extiende a lo largo de la sociedad iraní, lo que dificulta un cambio de régimen efectivo.
Tras los ataques, el presidente estadounidense, Donald Trump, utilizó sus plataformas sociales para instar a los iraníes a permanecer en casa pero a estar listos para levantarse y tomar el control de su país, insinuando que esta podría ser su única oportunidad en generaciones. Sin embargo, el camino hacia un cambio de régimen no es sencillo. Reza Pahlevi, hijo del último sha de Persia, es uno de los nombres que resuena en el exilio, pero su apoyo no se traduce en popularidad suficiente dentro de Irán. La oposición está fragmentada, con diversas voces de distintas clases sociales y grupos, desde estudiantes hasta sindicatos y colectivos de mujeres, cada uno con sus propias agendas y sin una dirección unificada.
La inestabilidad que podría resultar de estos ataques es un riesgo que se tiene en cuenta. Expertos sugieren que lo que podría lograrse es un debilitamiento de Irán, haciendo que el país caiga en un caos y permitiendo la aparición de múltiples crisis. La estrategia israelí, en particular, ha consistido en desmantelar las estructuras de poder de sus proxies en la región, aunque esto no siempre resulta efectivo, ya que nuevos líderes pueden surgir rápidamente.
La situación actual en Irán es tensa y compleja. A pesar de que el régimen ha mostrado signos de debilidad desde el verano, la posibilidad de un cambio de régimen sigue siendo incierta. La presión interna y externa podría llevar a un desenlace imprevisto, similar a lo que ocurrió en otras naciones donde el cambio de poder fue abrupto y sin un plan claro de sucesión.
A pesar de la represión, las voces de los iraníes han sido claras: desean un cambio, pero no necesariamente bajo la figura de Pahlevi. Las protestas recientes han evidenciado un descontento generalizado hacia el régimen islámico, en particular por la situación económica y la falta de libertades. Según encuestas, una gran parte de la población critica al gobierno y clama por justicia social y mejores condiciones de vida, dejando claro que su lucha es por un futuro democrático y pacífico, no por un regreso al pasado.
