Vicente Gerbasi, destacado poeta, escritor, político y diplomático venezolano, nació el 2 de junio de 1913 en Canoabo, estado Carabobo. Su vida estuvo marcada por una profunda pasión por la literatura y una destacada carrera en la diplomacia.
Un poeta de renombre
Gerbasi fue miembro fundador del Grupo Viernes, una de las agrupaciones poéticas más importantes de Venezuela. Su obra poética es conocida por su profundidad y sensibilidad, y su libro «Vigilia del Náufrago» (1937) es considerado uno de los más importantes de la literatura venezolana. Su poema «Mi padre, el inmigrante» es una obra maestra que narra la historia de su padre y explora temas de identidad y cultura.
Una carrera diplomática destacada
Gerbasi también tuvo una destacada carrera diplomática, desempeñando cargos en embajadas y consulados en varios países, incluyendo Colombia, Cuba, Chile, Israel, Dinamarca, Noruega y Polonia. Su trabajo en la diplomacia le permitió promover la cultura y la literatura venezolana en el exterior.
Un legado duradero
Vicente Gerbasi falleció el 28 de diciembre de 1992 en Caracas, pero su legado literario y cultural sigue siendo relevante en Venezuela. Su obra poética ha sido traducida a varios idiomas y sigue siendo estudiada y admirada por generaciones de lectores y escritores.
Reconocimientos
Gerbasi recibió varios reconocimientos por su trabajo literario, incluyendo el Premio Nacional de Literatura en 1968. Su contribución a la literatura y la cultura venezolana es invaluable y su legado sigue siendo una fuente de inspiración para muchos.
En resumen, Vicente Gerbasi fue un hombre de letras y diplomacia que dejó un legado duradero en Venezuela. Su obra poética y su carrera diplomática son un ejemplo de su pasión y dedicación a la cultura y la literatura. Su legado sigue siendo relevante hoy en día y seguirá siendo recordado por generaciones futuras.
JERUSALEN
Por Vicente Gerbasi
Desde la antigüedad de tu Libro
manchado de sangre de cordero,
abierto al sol como prado de amapolas,
donde una vez Job aglomeró sus bienes,
yo he subido a tus piedras, Jerusalén,
ciudad del cántico del alba
amurallado ámbito de la paz
tumba de David.
Tus mujeres vistieron túnicas blancas en la callejuelas,
llevaron ramos de flores de manzano
para las danzas en las plazoletas y en las colinas,
donde alegraron un vasto día.
Roca a roca construyes tus moradas,
y toda unida te levantas como un templo
que pasa del sol a las estrellas
en la brisa plateada de los olivos.
Te circundan niños, labradores, ovejas,
en claras laderas de espigas.
Y con tus pétricos precipios corroídos
y tus cipreses que suenan como oscuros laúdes,
y los almendros que florecen junto al cielo,
y las campanas que dan lumbre metálica al Calvario,
resplandeces en el tiempo como una corona.
Los que aran la tierra entre piedras
y los huesos de milenarios antepasados,
los que cultivan viñas de transparentyes brillos,
los que llevan agua a las huertas
y recogen fresas en canastat de fibras doradas,
los cuidan el naranjo y el limonero
el que lleva su camello por la orilla del crepúsculo,
elevan la mirada hacia tí, Jerusalén,
toda abrigada en tus muros como una herrería,
donde las generaciones,
forjan un candelabro, o un arado,
o la trompeta que suena en las edades.
Cerca de tus torres,
que en el atardecer se miran en el cielo
como en un lago,
me ensimismo con el sol de Dios entre las nubes,
mirando los rabaños
y al pastor de barba blanca
que vuelve a tí su mirada
con fuerte melancolía de profeta.
Yo subo a tí, Jerusalén,
llevado por el oscuro viento de los siglos,
piedra a piedra,
y allí, entre tus muros de hueso carcomido,
en tu noche melódica,
abro tu Libro bajo los relámpagos.

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