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Rubén Darío: El Príncipe de las Letras Modernistas

«Imagen cortesia de unprofesor.com»

En el bullicioso escenario literario del siglo XIX, surge la figura imponente de Félix Rubén García Sarmiento, conocido mundialmente como Rubén Darío. Nacido en Metapa, Nicaragua, en 1867, Darío se erigió como el arquitecto del modernismo, un movimiento literario que transformó la poesía hispanoamericana.

Desde sus primeros versos en «Azul…» hasta sus obras maestras como «Cantos de Vida y Esperanza», Darío desafió las convenciones poéticas de su época. Su pluma audaz fusionó elementos simbolistas y románticos, trascendiendo fronteras y marcando el inicio de una nueva era en la escritura en español.

Sus viajes por Europa nutrieron su visión cosmopolita, influyendo en su poesía con una amalgama de culturas. Darío, el embajador de la lengua española, dejó una huella indeleble en la literatura, siendo reconocido como el «Príncipe de las Letras Hispánicas».

Sin embargo, tras el fulgor literario, la vida de Darío estuvo plagada de altibajos personales. Batallas contra el alcoholismo y desafíos amorosos marcaron su camino, pero su genio poético siempre resplandeció.

Rubén Darío falleció en 1916, pero su legado persiste. Su influencia perdura en cada rincón donde las palabras en español danzan con elegancia. La figura del poeta nicaragüense sigue siendo un faro inspirador, guiando a las generaciones venideras por los caminos de la creatividad y la expresión lírica.

Puso el poeta en sus versos
todas las perlas del mar,
todo el oro de las minas,
todo el marfil oriental;
los diamantes de Golconda,
los tesoros de Bagdad,
los joyeles y preseas
de los cofres de un Nabad.
Pero como no tenía
por hacer versos ni un pan,
al acabar de escribirlos
murió de necesidad.

Fracmentos de «Abrojos»

En la tranquila noche, mis nostalgias amargas sufría.
En busca de quietud bajé al fresco y callado jardín.
En el obscuro cielo Venus bella temblando lucía,
como incrustado en ébano un dorado y divino jazmín.

A mi alma enamorada, una reina oriental parecía,
que esperaba a su amante bajo el techo de su camarín,
o que, llevada en hombros, la profunda extensión recorría,
triunfante y luminosa, recostada sobre un palanquín.

«¡Oh, reina rubia! -díjele, mi alma quiere dejar su crisálida
y volar hacia a ti, y tus labios de fuego besar;
y flotar en el nimbo que derrama en tu frente luz pálida,

y en siderales éxtasis no dejarte un momento de amar».
El aire de la noche refrescaba la atmósfera cálida.

Venus, desde el abismo, me miraba con triste mirar.

Fragmentos «Venus»

Señora, Amor es violento,
y cuando nos transfigura
nos enciende el pensamiento
la locura.

No pidas paz a mis brazos
que a los tuyos tienen presos:
son de guerra mis abrazos
y son de incendio mis besos;
y sería vano intento
el tornar mi mente obscura
si me enciende el pensamiento
la locura.

Clara está la mente mía
de llamas de amor, señora,
como la tienda del día
o el palacio de la aurora.
Y el perfume de tu ungüento
te persigue mi ventura,
y me enciende el pensamiento
la locura.

Mi gozo tu paladar
rico panal conceptúa,
como en el santo Cantar:
Mel et lac sub lingua tua*.
La delicia de tu aliento
en tan fino vaso apura,
y me enciende el pensamiento
la locura.

Fragmentos «Prosas profanas y otros poemas

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