Bosnia, 30 años después de la paz de Dayton: «Es un país desgarrado y así continúa»

La firma de los Acuerdos de Dayton en la base aérea de Wright-Patterson, ubicada en Ohio, Estados Unidos, el 21 de noviembre de 1995, marcó el final del conflicto armado más devastador en Europa desde la Segunda Guerra Mundial. En 1992, tras la disolución de la República Federativa Socialista de Yugoslavia y la búsqueda de independencia de varias repúblicas, Bosnia y Herzegovina, compuesta por tres grupos étnicos (musulmanes bosnios, serbobosnios y croatas bosnios), proclamó su independencia, lo que desató tensiones nacionalistas entre antiguos compatriotas.

«Las minorías de la región habían coexistido pacíficamente bajo imperios como el otomano o el austrohúngaro, donde no podían alzarse contra ellos», explica Francisco José Gan Pampols, exjefe de operaciones de la misión de la ONU (UNPROFOR) y la OTAN (IFOR) en Bosnia y Herzegovina. «Sin embargo, el vacío dejado por la caída de Yugoslavia fue rápidamente llenado por el nacionalismo, donde la religión – ortodoxos, católicos y musulmanes – se convirtió en un factor divisorio», agrega el militar. Esto resultó en un conflicto caracterizado por la limpieza étnica, evidenciado en eventos trágicos como el asedio de Sarajevo y el genocidio de Srebrenica, donde más de 8,000 musulmanes bosnios fueron asesinados por fuerzas serbias. Durante la guerra, que se extendió casi cuatro años, aproximadamente 100,000 personas murieron y cerca de dos millones fueron desplazadas. A día de hoy, hay 31,000 desaparecidos. «Afortunadamente, muchos han sido identificados gracias a programas informáticos avanzados desarrollados tras los atentados del 11 de septiembre», menciona el periodista Gervasio Sánchez, autor del libro *Desaparecidos*, que documenta a las personas que desaparecieron durante el conflicto.

El conflicto comenzó cuando las fuerzas serbias atacaron a los bosnios para anexar territorios, con el objetivo de crear una ‘Gran Serbia’ y evitar la secesión de Croacia, el tercer actor en esta disputa. Croacia, por su parte, apoyó a las fuerzas bosnias y croatas dentro de Bosnia. Sin embargo, esta alianza se rompió y dio lugar a la guerra croato-bosnia entre 1993 y 1994, donde las disputas territoriales llevaron a enfrentamientos sangrientos. Finalmente, bosnios y croatas lograron unir fuerzas contra los serbios, debilitando su posición y llevando a Serbia a aceptar los Acuerdos de Paz de Dayton en 1995.

«La inacción y el cinismo de Europa fueron escandalosos», afirma Gervasio Sánchez. «Tras el desastre de Srebrenica, tuvieron que ser los estadounidenses, liderados por Bill Clinton, quienes obligaran a las partes a firmar un acuerdo que no fue justo para nadie, legalizando las conquistas territoriales logradas durante la guerra». Las negociaciones, que se llevaron a cabo en secreto, involucraron a líderes como Slobodan Milošević de Serbia, Franjo Tuđman de Croacia y Alija Izetbegović de Bosnia, supervisadas por el diplomático estadounidense Richard Holbrooke.

El acuerdo formalizó una federación entre bosnios y croatas y se firmó el 14 de diciembre de 1995 en París, marcando el fin oficial de la guerra de Bosnia. El país, sin embargo, quedó devastado y casi irreconocible para quienes regresaban. Con el tiempo, Bosnia comenzó a reconstruirse, creando un ejército unificado y reformando instituciones. Pero el sistema establecido por Dayton comenzó a mostrar debilidades, con una economía estancada y una fuga constante de jóvenes hacia otros países europeos.

Treinta años después, Bosnia vive en un estado de tensión entre una política estancada y una sociedad activa. La guerra en Ucrania, la crisis energética y el resurgimiento de discursos nacionalistas han incrementado la precaución en el país. «El Parlamento no funciona como debería», observa Gan Pampols. «Sin la vigilancia de la Unión Europea, las hostilidades podrían reanudarse en cualquier momento», añade. Sánchez coincide, mencionando que los lazos entre comunidades siguen rotos y que cada grupo vive de espaldas a los demás. A pesar de que Dayton detuvo la guerra, dejó un sistema político frágil y rígido que nadie se atreve a reformar por miedo a que la paz vuelva a tambalearse. Hoy, Bosnia sigue siendo considerado el «polvorín de los Balcanes».

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