Esta semana, la flotilla de barcos con ayuda humanitaria llegó a Cuba, pero la percepción de algunos residentes sobre la crisis actual en la isla es diferente. En la conversación que tengo con Ángela, una madre de familia de 45 años que ha vivido toda su vida en La Habana, me revela su desconfianza hacia la verdadera intención de esta ayuda. «A mí me cuesta mucho creer que alguien sea tan ingenuo e ignorante», me dice a través de un mensaje de WhatsApp, utilizando un nombre ficticio por temor a represalias del gobierno cubano por hablar con la prensa internacional.
La respuesta de Ángela llega casi cinco horas después de que le pregunté sobre su opinión acerca de la flotilla. «Perdona la demora en responderte, es que no tenía luz», se disculpa. Este problema de electricidad se ha convertido en su rutina diaria durante al menos los últimos cinco años, y el año 2026 ha traído un incremento en los cortes de energía, al punto que el tiempo ya no se mide por días, sino por las horas en las que hay electricidad.
La flotilla, conocida como «Nuestra América», partió de Yucatán, México, y llegó al puerto de La Habana con suministros, medicamentos y otros recursos esenciales, en un esfuerzo por desafiar el embargo estadounidense que lleva más de seis décadas. El buque «Granma 2.0», que llegó con la ayuda, fue nombrado en honor al barco original que llevó a Fidel Castro a Cuba en 1956. Este nuevo viaje tiene como objetivo proporcionar alivio a un pueblo que sufre las consecuencias de un bloqueo y un gobierno que intenta mantener viva la llama de una revolución que parece estar apagándose.
Sin embargo, Ángela no ve la llegada de la flotilla como una oportunidad de apoyo. «Esas cosas llevan conciencia… Son todos hipócritas», afirma, criticando la aparente solidaridad de los activistas internacionales que, en su opinión, no comprenden la verdadera realidad que enfrenta el pueblo cubano. Ella siente que su presencia solo sirve para disimular la situación de la dictadura y que están allí «a lavarle la cara a la dictadura».
La percepción de Cuba desde el exterior a menudo se reduce a una imagen romántica de un país detenido en el tiempo, donde los turistas encuentran un lugar lleno de encanto pero también de contrastes. La llegada de extranjeros a la isla crea un ambiente en el que la amabilidad de los cubanos contrasta con su propia lucha diaria por sobrevivir. Mientras algunos disfrutan de la hospitalidad y el arte local, otros se ven obligados a vender lo que pueden en un mercado negro que escapa al control del gobierno.
Ángela comparte que, durante la llegada del buque, vio a los activistas paseando por el Prado, uno de los bulevares más emblemáticos. Sin embargo, su paseo se vio opacado por quejas sobre los vendedores que trataban de ofrecerles productos a precios irrisorios. «No tienen idea de la situación», comenta, refiriéndose a la desconexión que existe entre la realidad cubana y las percepciones externas.
A medida que la conversación avanza, Ángela enfatiza lo difícil que es para los extranjeros entender la vida cotidiana en Cuba. «No tienes idea, por más que te lo explique no podrías entenderlo», dice, resaltando cómo la dictadura se aprovecha de esta falta de comprensión para perpetuarse.
Finalmente, me despido de Ángela, reconociendo que su experiencia y perspectiva son solo una parte de una historia más amplia que sigue desarrollándose en la isla. La llegada de ayuda humanitaria puede ser un gesto simbólico, pero para muchos cubanos, la realidad sigue siendo compleja y llena de desafíos.
